martes, 6 de julio de 2010

Florence y Lolita


En Hardborough, un pequeño pueblo costero de Suffolk, una mujer llamada Florence Green emprende la gran aventura de su vida: abrir una librería. Es la primera vez que se establece un negocio de este tipo en el pueblo y las variopintas reacciones de sus habitantes no se hacen esperar. Florence ubica su librería en una casona polvorienta, mugrienta y abandonada que, además, está llena de humedades, y hace del establecimiento su propio hogar. A primera vista, nadie podría imaginar que un edificio tan cochambroso, que cuenta hasta con un rapper, un fantasma, pudiera albergar nada; sin embargo, Florence no es la única que había pensado en la casona para emplazar un negocio. A pesar de las primeras vicisitudes, poco a poco la librería se va haciendo un hueco en la vida del pueblo y Florence incluso abre una biblioteca en una de las alas del edificio y contrata a una jovencita de diez años para que la ayude, Christine, la única que no quiere sabotear su negocio. Un conocido le sugiere que ponga a la venta Lolita, de Vladimir Nabokov, una obra que ha suscitado una gran controversia. En cuanto aparecen los primeros ejemplares de Lolita en la librería de Florence, los provincianos habitantes de Hardborough pondrán el grito en el cielo.
Penelope Fitzgerald (1916-2000) era la hija de uno de los editores de Punch, Edmund Knox. Su fina ironía y su sentido del humor parece heredado directamente de esta revista. Con La librería quedó finalista del Booker Prize en 1978, premio que consiguió finalmente con su siguiente novela, A la deriva. Considerada una de las figuras más representativas de la narrativa británica (A. S. Byatt dijo de ella que era «la más privilegiada heredera de Jane Austen por su precisión y su inventiva»), sus lectores estamos de suerte, porque Impedimenta publicará próximamente otra de sus novelas: El comienzo de la primavera.

—Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles.
[...]
—¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil? —le gritó al viento—. ¿La gente de Hardborough no quiere comprar libros?
—Han perdido el deseo por las cosas raras. Se venden más arenques ahumados, por ejemplo, que truchas, que están medio ahumadas y tienen un sabor más delicado. Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos.

Fitzgerald, Penelope, La librería [The Bookshop], Impedimenta, Madrid, 2010. Traducción de Ana Bustelo. Rústica con sobrecubierta, 190 páginas.