domingo, 27 de noviembre de 2011

De la independencia de la crítica literaria

En la interesante colección Pensamiento de la editorial Alba apareció hace ya unos años un volumen que recopilaba algunos de los ensayos más certeros de William Hazlitt (1778-1830), considerado como el crítico literario británico más importante después de Samuel Johnson (1709-1784). Este libro, El espíritu de las obligaciones y otros ensayos, no es, pues, una novedad editorial; sin embargo, los temas que trata están de plena actualidad desde hace algunas semanas.
El señor Hazlitt ejerció como crítico en varias publicaciones periódicas, entre otras, el Morning Chronicle, el Edinburgh Review, The TimesThe Examiner. Fue uno de los primeros críticos profesionales y encontró en la prensa escrita un acomodo perfecto a su estilo ágil y preciso y a su lenguaje "familiar" ("escribir en un  genuino estilo familiar, o en un estilo verdaderamente inglés, es escribir como hablaría cualquiera, en una conversación corriente, que ejerciera un completo dominio y selección de las palabras o que pudiera disertar con facilidad, fuerza y perspicacia"). Hazlitt jamás ejerció la crítica desde la pedantería o la floritura, y tenía muy claras las diferencias que existen entre el humor y el ingenio, entre el sentido común y la opinión vulgar y entre la sabiduría y la elocuencia. Siempre hablaba de sus escritos críticos con gran humildad y modestia (a pesar de la gran influencia que ejerció en célebres escritores de su época y posteriores, como Jane Austen, Robert Louis Stevenson, Thomas Hardy, Wilkie Collins y Virginia Woolf, según ellos mismos reconocieron), y comentaba que tenían poco de admirables excepto "mi propia admiración por la obra de los demás".
A comienzos del siglo XIX, la época en la que vivió Hazlitt, la democratización de la cultura (crecía la masa social que tenía acceso a los libros y las artes) propició que a un autor ya no lo juzgaran únicamente sus iguales (otros escritores, académicos, etcétera), como ocurría hasta ese momento, y la crítica adquirió un nuevo estilo, más cercano al lector común. Hazlitt (cuyas influencias van desde Burke a Wordsworth) concebía la crítica casi como un ejercicio de "instrucción pública" y nunca se dejaba llevar por personalismos o falsas percepciones, manteniendo siempre su independencia (su empatía con la obra que criticaba no impedía que señalara sus defectos). Es el paradigma del crítico que no se somete a las conocidas bajezas del mundo literario. La cuestión es si los profesionales de la crítica periodística (al margen queda la crítica literaria académica) desde ese momento han ejercido la independencia y la solvencia que se les suponía. La recepción de la literatura en la actualidad está haciendo temblar los pedestales en los que placenteramente vivía la crítica periodística, y ha quedado al descubierto todo un sistema de favores, endogamias, nepotismos y amiguismos que llevaban funcionando desde hace décadas. Por eso, la recuperación de la crítica profesional ajustada, documentada y, sobre todo, independiente debería considerarse una obligación del entramado literario.
El espíritu de las obligaciones recoge ensayos relacionados con la literatura y la filosofía. Son impagables algunos de ellos, como el dedicado a los críticos de lugares comunes ("es asombroso lo acordes que están este tipo de personas entre sí; cómo se agrupan en manada por sus opiniones; qué tacto tienen por necedad; qué instinto por lo absurdo; qué simpatía en el sentimiento; cómo se hallan unos a otros por signos infalibles"), el que versa sobre el ingenio y el humor y el que trata el estilo familiar. La lucidez, la independencia, la prosa vigorosa y la inteligencia del señor Hazlitt son las principales características que debería tener una crítica literaria solvente.

Por lo general, los escritores contemporáneos pueden dividirse en dos clases: amigos o enemigo nuestros. Sobre los primeros estamos compelidos a pensar demasiado bien, y sobre los últimos estamos dispuestos a pensar demasiado mal, a recibir mucho placer genuino de la atenta lectura, o a juzgar honradamente los méritos de cada cual. Un candidato a la fama literaria, que acaso sea conocido nuestro, escribe excelentemente y como un hombre de genio; pero, por desgracia, tiene un rostro ridículo, que afea un pasaje delicado; otro nos inspira el mayor respeto por su talento y carácter personal, pero no está por completo a la altura de nuestra expectación de la letra impresa. Todas estas contradicciones y detalles mezquinos interrumpen la tranquila corriente de nuestras reflexiones. Si quieres saber qué fue de los autores que vivieron antes de nuestra época, y que son aún objeto de ansiosa investigación, sólo has de asomarte a sus obras. Mas el polvo, el humo y el ruido de la literatura moderna nada tienen en común con el aire puro y silencioso de la inmortalidad.

Hazlitt, William, El espíritu de las obligaciones y otros ensayos [On the Spirit of Obligations y otros], Alba, Barcelona, 1999. Traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra. Rústica, 296 páginas.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Compañeros de fatigas literarias

Los editores de Errata naturae se llaman Rubén Hernández e Irene Antón. Rubén e Irene son muy modestos. En la contraportada de una de sus más recientes novedades, Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales, señalan que tuvieron "una ocurrencia" cuando les propusieron a algunos autores españoles que se acercaran al mundo de los animales y escribieran sobre ellos. Una 'ocurrencia' es, según el DRAE, una "idea inesperada, pensamiento, dicho agudo u original que ocurre a la imaginación". Y aunque este proyecto participa de lo anterior, lo que tuvieron los editores de Errata naturae fue una idea fabulosa que se ha materializado en un maravilloso, delicado y precioso libro que se convertirá, sin ninguna duda, en uno de los títulos imprescindibles de esta temporada.
Once son los autores que han participado en la elaboración de esta obra coral, todos ellos de muy distinta procedencia y estilos y de generaciones variadas. Algunos escriben de sus propias mascotas y otros lo hacen de animalillos ajenos que ya han alcanzado hasta un cierto estatus literario. Hay relatos divertidos, otros tiernos, algunos muy personales, un par de ellos estremecedores, y todos rezuman literatura y buen hacer. Por las páginas de este libro desfilan, ladran y maullan una galería de animales ciertamente singular. Antón Castro nos habla del perro más querido de lord Byron, Boatswain, a quien dedicó un hermoso epitafio ("Aquí reposan / los restos de una criatura / que fue bella sin vanidad, / fuerte sin insolencia, / valiente sin ferocidad, / y tuvo todas las virtudes del hombre / y ninguno de sus defectos") y mandó construir una tumba especial en la mansión familiar de Newstead Abbey. Carlos Pardo escribe sobre Ariel, un perro que apenas cabía en una mano cuyo amo era Jules Laforgue. Pilar Adón dedica sus páginas a Virginia Woolf y a Elizabeth Barrett Browning, y a Shag, y a Pinka, y al perrito más literario que existe: Flush. Decía Virginia Woolf sobre su relación con Pinka cuando ésta murió: "Ocho años compartidos con un perro tienen que significar algo. Supongo... ¿Es una parte de nuestra vida lo que está enterrado en el jardín? Esos ocho años en Londres, nuestros paseos, un fragmento de nuestra vida privada... ¿es eso lo que ha desaparecido?". José Carlos Llop escribe sobre los lémures y hurones (el más british era el llamado La Rosa de Inglaterra) de Cyril Conelly; Soledad Puértolas sobre sus perros Moss, Coti y Lura, y recuerda a la perra Tulip de J. R. Ackerley. Marta Sanz se entrega a sus gatos en dos pequeños relatos: "Gatos" y "La gata cautiva". El primero de ellos, en el que narra la muerte de dos de sus mininos, es tierno y sobrecogedor. (Esta bibliotecaria ha sufrido con Marta en todas sus líneas, especialmente cuando dice: "Me sentiré culpable de no haber acariciado a mi gato hasta el último momento"). Ignacio Martínez de Pisón habla de Mateo, su perro cantante. Con el corazón en un puño leemos el cuento que Andrés Trapiello dedica a su perra Mora, que esperó a sus amos para morir y les hizo entrega de su muerte como su más preciado don. El recientemente fallecido Félix Romeo (a quien está dedicado el libro) nos muestra el variado zoológico de los Bowles; Berta Marsé escribe sobre Charlie y Diótima, el perro y la gata de Truman Capote; y Andrés Ibáñez recuerda a Teodoro W. Adorno, el gato de Julio Cortázar. Cierran el volumen dos índices: uno sobre los protagonistas del libro y otro sobre los escritores que han participado en él. En un precioso colofón los editores rinden un pequeño homenaje a los perros y gatos de ellos y de sus colaboradores. Falta en la recensión el último fichaje de Errata naturae, una preciosa perrita llamada Zola (por Monsieur Émile) que acaba de llegar a la editorial.
Perros, gatos y lémures es una lectura deliciosa. Los editores de Errata naturae han demostrado su oficio sobradamente (en realidad, lo llevan haciendo desde que en 2008 montaron la editorial) ideando este libro, al que fácilmente cabe imaginar una segunda parte. En ella podrían estar, por ejemplo, las mascotas de dos Emilys: Keeper, que acompañaba a Emily Brontë en sus paseos por los páramos; y Carlo, el terranova con el que Emily Dickinson paseaba por el jardín de su casa. Emily Dickinson señaló siempre que los perros son mejores que las personas, "they know --but do not tell".

Colección de perros, gatos y sus escritores


Daphne du Maurier
George Bernard Shaw
Jack Kerouac
Jean-Paul Sartre
John Cheever y Flora
Leonard Woolf y Pinka
Truman Capote
Virginia Woolf y Vita Sackville-West

Gala (23/4/98-27/7/08), compañero de fatigas de esta bibliotecaria


domingo, 6 de noviembre de 2011

Reina Lucía: la monarquía del té, el cotilleo y la cultura de segunda mano


En el apacible pueblo de Riseholme, en plena campiña inglesa, gobierna como reina indiscutible y con benévola majestad Emmeline Lucas, Lucía para sus amigos. Emmeline (cuyo lema en la vida es «La gente laboriosa tiene tiempo para todo») hace y deshace, critica y alaba, organiza, dispone, prepara, celebra, etcétera, etcétera, con la ayuda de su leal marido, Philip (con el que habla un fluido italiano en la intimidad), y de su fiel vasallo, Georgie Pillson, un petimetre aficionado al petit point, a la acuarela y al cotilleo. La vida transcurre agradablemente (deliciosos tés, veladas en el jardín, fiestas en honor de Shakespeare, cuadros dramáticos improvisados, conversaciones en la plaza del pueblo...) hasta que Daisy Quantock, rival de Lucía y firme seguidora hasta ese momento del Cristianismo Científico, revoluciona Riseholme con la llegada de su gurú, un nativo de la India que desata en el pueblo la fiebre del yoga. El reino de Lucía empieza a tambalearse y acaba por convertirse en un desastre cuando aparece en escena Olga Bracely, una cantante de ópera que incluso amenaza la peculiar relación de vasallaje entre Emmeline y Georgie. La inefable Lucía ve peligrar su trono, una circunstancia de todo punto inadmisible, y se entrega a la tarea de restaurar en Riseholme su omnipotente influencia con todas las armas que tiene a mano, aunque ello suponga llevarse por delante a todo aquel que ose discutir su supremacía.
Reina Lucía, publicada en 1920, es una deliciosa sátira sobre la pretenciosa burguesía rural británica. Es el reflejo divertido, entre el característico humor cruel y una amable burla, de la vida esnob y pretendidamente culta de la sociedad inglesa de principios del siglo XX. Su autor, Edward Frederic Benson (cuya inusual biografía bien podría servir para escribir una novela), era un discreto escritor de relatos de terror que alcanzó éxito y fama precisamente con esta obra, que inaugura la serie de Mapp & Lucia, a la que siguieron otras seis novelas y dos relatos.
Los entusiastas de la literatura inglesa siempre estamos de enhorabuena con las publicaciones de la editorial Impedimenta. Aunque sería más justo ampliar el target (como dicen los expertos) y añadir a todos los entusiastas de la buena literatura: la elección de títulos, el esmero en las traducciones (en este caso, a cargo de José C. Vales), el cuidado en la edición, el buen gusto en las cubiertas (la de Reina Lucía es una fantástica descripción de la novela), el acertado merchandising, las placenteras y entretenidísimas presentaciones de sus libros (esperamos una nueva sesión de frenesí anglosajón) y sus trabajados book tráilers (a cargo de Cristina Martínez Delgado) reconcilian al lector con el mundo editorial.
Como dijo la maravillosa Nancy Mitford: «Pagaríamos todo lo que nos pidieran por los libros de Lucía».

De acuerdo con el burdo materialismo cartográfico, Riseholme podría tal vez incluirse en el reino de Gran Bretaña, pero, en un sentido más real y preciso, lo cierto es que formaba un reino íntegro en sí mismo, y su reina era indudablemente la señora Lucas, que lo gobernaba con una autocracia firme, satisfecha al contemplar cómo mientras tanto se derrocaban tronos y las coronas imperiales giraban en torbellinos como hojas secas zarandeadas por los vientos otoñales. La reina de Riseholme, más afortunada que el mismo zar de Rusia, no tenía necesidad ninguna de temer el furibundo veneno del bolchevismo, puesto que no había en toda la marmita, donde la cultura bullía tan placenteramente, ni una sola burbuja de fermento revolucionario. No había aquí ni pobreza ni descontento, ni una sola amenaza soterrada de sublevación. La señora Lucas, hacendosa y tranquila, trabajaba más que cualquiera de sus súbditos, y ejercía un control que era popular y dictatorial en la misma medida.

Benson, E. F., Reina Lucía [Queen Lucia], Impedimenta, Madrid, 2011. Traducción de José C. Vales. Rústica con sobrecubierta, 352 páginas.

lunes, 24 de octubre de 2011

Día Internacional de la Biblioteca

Desde el año 1997, el día 24 de octubre se celebra el Día Internacional de la Biblioteca, en recuerdo de la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, incendiada en el verano de 1992 durante la guerra serbo-bosnia. La biblioteca no tenía valor estratégico ni era un objetivo militar, aun así, la noche del 25 al 26 de agosto las fuerzas radicales serbias acabaron con ella. El edificio que la albergaba había sido construido a finales del siglo XIX, en 1894, en el Imperio austro-húngaro, para ubicar el ayuntamiento de la ciudad. El arquitecto vienés Carl Patch lo diseñó en un estilo modernista con rasgos orientales, evocando la herencia turca de Bosnia y su crisol cultural. A partir de 1951 se convirtió en la sede de la biblioteca. Alrededor de un millón y medio de volúmenes, entre ellos 155.000 obras raras (manuscritos e incunables), reunidos por musulmanes, serbios ortodoxos, croatas católicos y judíos fueron pasto de las llamas en un bombardeo espeluznante que conmocionó a la opinión pública mundial. Aunque la biblioteca lucía las banderas azules que indicaban que se trataba de un edificio perteneciente al patrimonio cultural, las tropas serbias hicieron caso omiso. Se lograron rescatar algunos libros gracias a las cadenas humanas que se organizaron, pero la intensidad del fuego provocó que el techo se hundiera y las ventanas reventasen.


El historiador Mirko Gmerk acuñó el término «memoricidio» después de esta tragedia, haciendo referencia a la «destrucción intencionada de la memoria y el tesoro cultural de un pueblo». Las Naciones Unidas lo consideran un crimen contra la Humanidad.
Desde el fin de la contienda, la rehabilitación de la biblioteca se convirtió en una tarea prioritaria para los bosnios. (El Ministerio de Cultura del gobierno español dedicó un millón de euros a reparar su fachada).
La Biblioteca de Redfield Hall se une a esta conmemoración y hace votos para que este tipo de crímenes no vuelvan a suceder.
 

jueves, 20 de octubre de 2011

Indignación bibliotecaria


El pasado 5 de febrero se celebró en Inglaterra la jornada Save Our Libraries Day (Salvemos nuestras bibliotecas). La protesta fue motivada por el cierre de bibliotecas que el gobierno británico está llevando a cabo. Esta jornada nacional se coordinó principalmente a través de las redes sociales y respondió al clamor popular. Una señalada nómina de músicos, escritores y artistas se sumaron a esta protesta. Mark Haddon (autor de El curioso incidente del perro a medianoche) fue uno de los personajes que más activamente se implicó y señaló con indignación que los políticos «están destruyendo nuestras bibliotecas para salvar las primas de los banqueros». Apenas un mes antes, en la tranquila población de Stony Stratford, en el noroeste de Londres, sus habitantes iniciaron una revolución (pacífica, eso sí) para salvar la biblioteca pública del pueblo. Tan combativos lectores sacaron de la biblioteca sus 16.000 volúmenes para demostrar que la institución es un bien de utilidad pública y presionar para evitar su cierre por parte de las autoridades municipales.

Lectores de Stony Stratford cargados de libros (fot. The Guardian)
El programa de recorte público que el gobierno británico está llevando a cabo afecta directamente a las finanzas municipales y miles de bibliotecas públicas (el 20%, unas cuatrocientas) corren el riego de cerrarse para ahorrar gastos a las arcas estatales. La excusa que esgrimen los partidarios de cerrarlas es que cada vez hay menos gente que recurre a ellas.
Esta semana, desafortunadamente, el cierre de las bibliotecas ha vuelto a la primera página de la prensa inglesa. En el municipio de Brent, al noroeste de Londres, la política de recorte de gastos tiene previsto cerrar seis de sus doce bibliotecas. Una de ellas es Kensal Rise, inaugurada por el escritor Mark Twain en 1900 (depositó en ella cinco ejemplares de sus obras). Este cierre, especialmente, ha soliviantado a la población, pues el Tribunal Supremo ha rechazado un recurso contra su clausura. Escritores como Alan Bennett o Zadie Smith habían firmado el recurso que los vecinos habían llevado a los tribunales. Como consecuencia de este fallo (nunca mejor dicho) del tribunal, los habitantes de Brent están haciendo vigilias continuas en el exterior de Kensal Rise para protestar por esta decisión. Se teme además que esta sentencia del Supremo siente precedente en otros casos similares y permita que se puedan clausurar cientos de bibliotecas.

Vigilia en el exterior de la biblioteca Kensal Rise (fot. The Guardian)
En España, seguramente, la crisis también se habrá llevado por delante alguna que otra biblioteca (aunque no parecen haberse difundido muchos datos sobre este tema). En cualquier caso, si esto ha sucedido, no ha habido ninguna manifestación ni protesta alguna por ello (o, al menos, los medios de comunicación no se han hecho eco). Si sucediera lo mismo que en Inglaterra, ¿se reaccionaría de la misma manera?
Nota: la Biblioteca de Redfield Hall es enteramente de capital privado, por lo que no está sometida a vaivenes y servidumbres de ningún tipo.

Protesta en Brent (fot. Abc)

domingo, 9 de octubre de 2011

Anecdotario literario

Las estanterías de la Biblioteca de Redfield Hall se nutren principalmente de títulos escogidos por la bibliotecaria que redacta estas líneas. En el caso de La felicidad de los pececillos, la obra llegó porque un amigo editor muy querido le recomendó su lectura, sabiendo que le iba a gustar. Efectivamente: tenía razón. En estos tiempos en los que impera peligrosamente la banalización de la cultura (con especial énfasis en la literatura y los libros) toparse con un ensayo inteligente, agudo y clarividente es una experiencia casi irreal.
La felicidad de los pececillos, de Simon Leys (Bruselas, 1935), reúne las crónicas que su autor escribió para Le Magazine Littéraire durante los años 2005 y 2006 y una serie de artículos más antiguos aparecidos en otras revistas literarias, como Écrivain, Nouvelle Revue Française y Lire. Publicado en Francia en 2008, en España lo acaba de editar Acantilado, cuyo catálogo, reunido con verdadero primor por Jaume Vallcorba, es de los que ofrecen mayores satisfacciones en la actualidad.
El reconocido profesor Simon Leys (seudónimo de Pierre Ryckmans) ofrece en estos breves ensayos sus certeras reflexiones acerca de cuestiones relacionadas con la literatura y el arte. Apoyado siempre por referentes indiscutibles (Samuel Johnson, T. S. Eliot, E. M. Forster, Chesterton o Henry James, entre otros), desgrana con curiosidad y rigor interesantes anécdotas y temas: la vulgaridad del éxito, el gusto literario, la pereza, la verdad del novelista, la relación de los escritores con el dinero, la utilidad y la inutilidad de la lectura, cómo hay que leer, etcétera. Y todo ello salpicado de jugosas citas: «Para leer buenos libros, la condición previa es no perder el tiempo en leer cosas malas, pues la vida es corta» (Schopenhauer); «Descifrar textos en una pequeña pantalla no es leer» (H. Bloom); «Todos los editores son unos perros» (E. Wilson); «¡Tendero de mierda! ¡Ah, si pudiera usted limpiarse el culo con mis contratos!» (Céline a su editor); «Un editor siempre pierde dinero editando, por lo que su secreto consiste en editar poco, incluso en no editar en absoluto» (P. V. Stock); «Nadie puede fabricar deliberadamente un best-seller» (Somerset Maugham); «A veces la buena literatura se vende bien, y a veces la pésima literatura se vende igual de bien» (H. Belloc).
La felicidad de los pececillos es una lectura deliciosa, un paseo por las glorias y miserias artísticas que ayuda a discernir lo que vale y lo que no vale en un mundo (el literario) en el que, desafortunadamente, nada es lo que parece.

¿Puede acaso la literatura ser considerada como una profesión? Es más bien una enfermedad, una terapia, una alegría, una monomanía, una bendición, una obsesión, una maldición, una locura, un estado de gracia, una pasión y muchas otras cosas más (por otra parte, «si sois capaces de vivir sin escribir decía Rilke, no escribáis»), mientras que la edición está ineluctablemente sometida a las obligaciones inherentes a toda empresa comercial; de ahí también la implacable insensibilidad con la que los editores acostumbran a tratar a sus inocentes autores.

Leys, Simon, La felicidad de los pececillos [Le bonheur des petits poissons], Acantilado, Barcelona, 2011. Traducción de José Ramón Monreal. Rústica, 144 páginas.

Nota: no se sabe nada del misterioso escultor de Edimburgo. De momento, no ha vuelto a dejar ninguna obra de arte en ningún otro sitio. Seguiremos informando.

martes, 4 de octubre de 2011

¡Atención! ¡Quince mil libros sueltos!

Durante el mes de octubre los periódicos británicos The Guardian (a la venta de lunes a sábado) y The Observer (sólo los domingos) están llevando a cabo una estupenda iniciativa libresca: soltar alrededor de quince mil libros por los lugares más insospechados del país, desde estaciones a galerías, pasando por cafés y museos. Ambos periódicos han solicitado la ayuda de editoriales y autores para reunir semejante cantidad de libros y poder repartirlos. Aparte de esto, los dos periódicos adjuntan en sus ediciones del fin de semana un ex libris (también se puede descargar en su página web) para que sus lectores puedan colaborar en este gigantesco bookcrossing. Se les pide que peguen el ex libris en algún volumen de su propiedad del cual quieran desprenderse (o compartir su lectura), escriban un mensaje y lo liberen donde juzguen conveniente. En Twitter, con el hashtag #guardianbookswap, pueden compartir sus experiencias (en ciento cuarenta caracteres) y colgar las fotos de los libros liberados. 
Varios periodistas han querido sumarse a esta iniciativa. El crítico de cine de The Guardian, Peter Bradshaw, ha elegido una novela de Tolstói, Hadyi Murad, y la columnista Grace Dent Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro.
La biblioteca de Redfield Hall liberará en el Retiro en los próximos días Mendel el de los libros, de Stefan Zweig (Acantilado).




miércoles, 28 de septiembre de 2011

Frenesí anglosajón


Con motivo de la presentación de las novelas La hija de Robert Poste y Flora Poste y los artistas, de Stella Gibbons, La librería y El inicio de la primavera, de Penelope Fitzgerald, y Reina Lucía, de E. F. Benson, la editorial Impedimenta ha organizado una velada literaria con el sugerente nombre de Frenesí anglosajón. Se celebrará el jueves 29 de septiembre, a las 19.30, en la Casa del Libro de la calle Hermosilla, en Madrid. Participarán en la velada el editor Enrique Redel, la escritora y traductora Pilar Adón y el traductor José C. Vales. La bibliotecaria de Redfield Hall se suma a este evento y hará una crónica detallada para sus socios y corresponsales.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Constanza y Sofía: otras dos heroínas del siglo XIX

En el otoño de 1903, el escritor inglés Arnold Bennett cenaba con frecuencia en un restaurante de la Rue de Clichy, en París. Dos camareras atendían las mesas: una muchacha joven y hermosa, con la que nunca habló, y una mujer de mediana edad que habitualmente se ocupaba de su mesa. Solían charlar casi todos los días, pero llegó un momento en que la mujer se tomó tales confianzas con el señor Bennett que incluso se enfadaba con él si no acudía al restaurante dos días seguidos. Un día discutieron acerca de unas judías y a partir de ese momento el escritor pensó que aquello era demasiado y decidió dejar de comer allí. Sin embargo, todavía fue un par de veces más, y en una de estas últimas visitas coincidió con una mujer fea, grotesca y gorda, de voz ridícula y gestos ridículos. La camarera de mediana edad del señor Bennett se rio de ella, para confusión de éste, y la muchacha joven y hermosa también. El señor Bennett reflexionó sobre esta situación y llegó a la conclusión de que esa mujer fea, grotesca y gorda fue joven una vez, y seguramente tuvo cierto encanto. Y en ese momento decidió escribir una novela que retratara la vida y la evolución de una muchacha joven hasta que se convierte en una mujer gorda y vieja. Arnold Bennett narra esta anécdota en el prefacio de su novela Cuento de viejas, que finalmente tuvo dos heroínas, las hermanas Baines: Constanza y Sofía. Constanza es la joven en la que primeramente pensó, y Sofía su contrapunto. Bennett no terminó la novela hasta 1908. Transcurrieron cinco años en los que a veces escribía  y otras aparcaba semejante proyecto. Quería hacer una gran obra, una novela cuyas dimensiones sólo fueran superadas por los títulos de Samuel Richardson (su magnífica Pamela, y su fabulosa pero casi inabarcable Clarissa). Quería desarrollar un gran plan novelesco de sustrato realista, pero los aires románticos y victorianos, y la más pura tradición inglesa lo delatan. Cuando finalmente dio por concluido el relato, sus editores se quedaron anonadados, incapaces de saber si aquello tendría alguna salida. Sin embargo, pronto Cuento de viejas obtuvo un merecidísimo éxito.
A la manera de Anthony Trollope o Thomas Hardy, Arnold Bennett creó una región imaginaria, las Cinco Ciudades, para situar a las hermanas Baines: dos jóvenes con una monótona vida que viven en un monótono pueblo de una mónotona región inglesa. La monótona vida va cambiando, sobre todo para Sofía, que abandona la aldea para trasladarse a París, en plena ebullición por los cambios políticos del siglo. El lector asiste a la transformación de dos jovencitas que cuando acaba la novela tienen más de setenta años y han sufrido, han sido felices, han amado, se han equivocado y han vivido plenamente. Constanza, tal y como se esperaba de ella: siguiendo las normas de su clase; Sofía, su antítesis, escapando de las cuatro paredes que le aguardaban.
Cuento de viejas se consideró como la gran novela del naturalismo inglés y es, sin lugar a dudas, la gran obra maestra de Arnold Bennett. Sin embargo, en los años veinte, cuando irrumpieron en el panorama literario británico escritores modernos como James Joyce, Samuel Beckett, Katherine Mansfield, Ezra Pound o Virginia Woolf, éstos criticaron acerbamente la narrativa de Bennett y los valores que defendía. Especialmente dura fue Virginia Woolf en un ensayo titulado Novelas modernas que publicó en 1919 en el Times Literary Supplement. Afortunadamente, la polémica se olvidó con el tiempo y Cuento de viejas ha prevalecido como la excelente novela que es.
La editorial RBA ha recuperado este título de la colección de Gredos, que la publicó originalmente en 2005, conservando su cuidadísima traducción. De momento, y desafortunadísimamente, es la única novela de Arnold Bennett que se puede encontrar en el mercado español.

Apretaron la nariz contra la ventana del entresuelo y miraron hacia la plaza [...]. La nariz de Constanza era respingona, pero encantadora. Sofía tenía una fina nariz romana; era una hermosa muchacha, hermosa y buena moza al mismo tiempo. Las dos eran como caballos de carreras, vibrantes de vida delicada, sensible y exuberante; una prueba exquisita y encantadora de la circulación de la sangre; inocentes, astutas, pícaras, gazmoñas, efusivas, ignorantes y milagrosamente sabias. Sus edades eran quince y dieciséis; es una época en la que, si somos francos, hemos de admitir que no tenemos nada que aprender: sencillamente lo hemos aprendido todo en los últimos seis meses.

Bennett, Arnold, Cuento de viejas [The Old Wives' Tale], RBA, Barcelona, 2011. Traducción de María Cóndor Orduño. Apéndice de María Lozano Mantecón. Cartoné con sobrecubierta, 736 páginas.

Bennett, como otros escritores de su época, inventó un marco geográfico
para su Cuento de viejas. En la imagen, Dedham Lock and Mill (1818), de Constable.