jueves, 3 de diciembre de 2009

Inventario de retahílas


En la misma línea de Historia de la belleza e Historia de la fealdad, Umberto Eco publica en Lumen El vértigo de las listas. El Museo del Louvre pidió al semiólogo italiano que organizara en el mes de noviembre de 2009 un ciclo de conferencias, exposiciones, conciertos, etcétera, sobre el tema que él quisiera. Y el señor Eco eligió las listas. Aunque era una idea que le rondaba la cabeza con cierta frecuencia (en sus obras aparecen listas en numerosas ocasiones), nunca se había dedicado a elaborar un registro detallado de las infinitas veces en que la historia de la literatura ofrece enumeraciones, repertorios y letanías. "El resultado de esta caza ha sido prodigioso, hasta el extremo de causar vértigo", explica Umberto Eco. Los orígenes de su querencia por las retahílas se remontan a su estudio de los textos medievales y a las novelas de James Joyce (especialmente, el cajón de la cocina de Leopold Bloom), aunque el modelo de lista por excelencia es el catálogo de las naves de la Ilíada de Homero, del cual parte este libro. Y desde el autor clásico, el señor Eco desgrana listas y más listas de autores especialmente aficionados a este recurso en sus obras —Borges, Calvino, Perec, Pynchon, Whitman, Rabelais— o que lo practicaron en algunas de ellas —Ariosto, Shakespeare, Cervantes, Twain—. La lista sería interminable.
Los veintiún capítulos de esta ingeniosa obra lujosamente ilustrada remiten a todo tipo de listas: elencos, listas visuales, listas de miriabilia, enumeraciones caóticas, listas no normales, colecciones, tesoros, listas de lo indecible, el catalejo aristotélico, listas de vértigos, letanías, etcétera, etcétera, etcétera.

Madre de la Iglesia, ruega por nosotros. / Virgen prudentísima, ruega por nosotros. / Virgen digna de veneración, ruega por nosotros. / Virgen poderosa, ruega por nosotros. / Virgen clemente, ruega por nosotros. / Virgen fiel, ruega por nosotros. / Espejo de justicia, ruega por nosotros. / Trono de sabiduría, ruega por nosotros. / Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros. / Vaso espiritual, ruega por nosotros. / Vaso honorable, ruega por nosotros. / Vaso insigne de devoción, ruega por nosotros. / Rosa mística, ruega por nosotros. / Torre de David, ruega por nosotros. / Torre de marfil, ruega por nosotros. / Casa de oro, ruega por nosotros. (De las Letanías lauretanas).

Eco, Umberto, El vértigo de las listas [Vertigine della lista], Lumen, Barcelona, 2009. Traducción de María Pons Irazazábal. Cartoné con sobrecubierta, 408 páginas. (Greenpeace acredita que este libro cumple los requisitos ambientales y sociales para ser considerado un libro "amigo de los bosques", porque está impreso en papel procedente de bosques gestionados con criterios ecológicos y sostenibles).

jueves, 26 de noviembre de 2009

Por fin, las hermanas Bennet


En los tiempos que corren, en los que el nombre de Jane Austen es víctima de un aprovechamiento desvergonzado y el título y la obra Orgullo y prejuicio se plagia con añadidos lastimosos por parte de ciertos aficionados a la subliteratura, en la biblioteca de Redfield Hall se celebra con gran alegría la publicación en Alba de Orgullo y prejuicio (éste sí, el verdadero y auténtico texto de la autora de Steventon). Esta exquisita y primorosa edición se ha mimado de principio a fin. Una hermosa imagen de un pavo real, procedente de un fresco del siglo XVII, aparece casi insólitamente en la cubierta, en la que, con toda seguridad, más de un lector habría esperado encontrar el lánguido retrato de una dama inglesa. En todo caso, esta "innovación" en la imagen de cubierta no dejará indiferente a los fieles seguidores de Alba. Las ilustraciones de este volumen, así como las capitulares (espectacular la de la página 13), se han tomado de la edición de Chiswick Press, Londres, de 1894, y son obra del irlandés Hugh Thomson (1860-1920), uno de los más afamados ilustradores de la época victoriana (dibujó las estampas de todas las novelas de Jane Austen, además de las de otros clásicos literarios). La historia de las hermanas Bennet no podía encontrar mejor acomodo que esta edición. Con la publicación de Orgullo y prejuicio, Alba prácticamente completa las obras de Jane Austen, a falta sólo de la ansiada edición de las aventuras de la señorita Woodhouse.
Jane Austen (1775-1817) escribió Orgullo y prejuicio en 1813. Comenzó a escribir desde muy joven, para deleite de su familia, y dejó tras su corta vida seis obras maestras, además de una novela inconclusa y algunos relatos de juventud. Alcanzó de inmediato una fama y un prestigio que no ha disminuido un ápice desde aquellas primeras décadas del siglo XIX. De ella dijo sir Walter Scott: "Esa joven dama tiene un enorme talento para describir las relaciones de sentimientos y personajes de la vida ordinaria, lo cual me resulta ciertamente maravilloso".

Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa. Aunque apenas se conozcan sus sentimientos u opiniones cuando llega a un vecindario, esa verdad está tan arraigada en la imaginación de las familias circundantes que todas le consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.

Austen, Jane, Orgullo y prejuicio [Pride and Prejudice], Alba Editorial, Barcelona, 2009. Traducción de Marta Salís, ilustraciones de Hugh Thomson. Cartoné con sobrecubierta, 424 páginas.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El difícil (y divertido) oficio de la servidumbre


El escritor irlandés Jonathan Swift (1667-1745) ha pasado a la posteridad por su simbólica obra Los viajes de Gulliver (1726), pero en su dilatada carrera literaria destacan otros muchos libros, algunos prácticamente desconocidos en la actualidad. La editorial Sexto Piso inicia felizmente la recuperación de varios de estos raros títulos (La batalla entre los libros antiguos y modernos e Historia de una bañera siguen esperando una publicación moderna). Instrucciones a los sirvientes vio la luz en 1731. Años después, en una edición de 1752, su editor, George Faulkner, indicó en la introducción que en realidad la obra no estaba terminada, porque Swift pretendía dedicarse a otras tareas de más enjundia. Esta hilarante galería de instrucciones a los más variopintos oficios domésticos —mayordomos, cocheros, mozas de cámara, mozos de cuadra, lecheras, doncellas, administradores de tierras, lavanderas y ayas, entre otros—, que el señor Swift tan bien conocía, aúna mordacidad e ingenio a partes iguales. Él mismo fue sirviente durante muchos años de su vida, como empleado del diplomático y escritor sir William Temple, en Inglaterra. Sus relaciones no fueron precisamente idílicas y en 1694 Swift regresó a Irlanda para ordenarse sacerdote. Más tarde, en 1696, se reconciliaron y Swift permaneció con él hasta su muerte, en 1699. Durante esos años se dedicó a escribir y después se consagró a su carrera religiosa y política. Tras ejercer variados cargos religiosos, finalmente fue nombrado deán de la catedral de San Patricio, en Dublín. "Estoy mortalmente harto de despedir y contratar sirvientes", dijo por aquellos años. Y en esta catedral está enterrado; él mismo redactó su hermoso epitafio: "Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, deán de esta catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad".

Los amos y las señoras suelen regañar a los sirvientes por no cerrar las puertas tras ellos, pero ni los amos ni las señoras tienen en cuenta que esas puertas hay que abrirlas antes de poder cerrarlas, y que abrir y cerrar puertas es doble trabajo; por tanto, lo mejor, lo más corto y lo más fácil es no hacer ni una cosa ni la otra. Pero, si insisten tanto en que cierres la puerta que no puedes olvidarlo con facilidad, da un portazo tan grande al salir que tiemble toda la estancia y que todo vibre en su interior, para que tu amo y tu señora adviertan que sigues sus instrucciones.

Swift, Jonathan, Instrucciones a los sirvientes [Directions to Servants], Sexto Piso, Madrid, 2007. Introducción de Colm Tóibín, traducción de Ismael Attrache. Rústica, 112 páginas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Laurel vuelve a casa


Eudora Welty (1909-2001) ganó el Premio Pulitzer en 1973 con esta novela, La hija del optimista, inédita hasta ahora en español, inexplicablemente. Impedimenta la publica en una cuidadísima edición, como acostumbra. A los detalles de siempre -exquisito diseño, excelente papel- se añade esta vez un precioso marcapáginas con la ilustración de cubierta.
La hija del optimista narra la historia de Laurel McKelva, una viuda de mediana edad que regresa a su ciudad natal con el fin de visitar a su padre enfermo, un juez ya retirado. En la casa familiar, en Mount Salus (Mississippi), vigilada de cerca por Fay, la segunda y joven esposa de su progenitor, Laurel se enfrenta a sus recuerdos de juventud y a los fantasmas del pasado. En el característico estilo adusto de la señora Welty, el lector disfrutará especialmente con los magníficos diálogos y la distintiva ambientación de las novelas sureñas.
Eudora Welty nació en Jackson, Mississippi, y allí residió prácticamente durante toda su vida, en una casa que sus padres construyeron y que en la actualidad acoge la Fundación Eudora Welty. Dedicada en principio a la fotografía, en los años cincuenta abandonó esta actividad para entregarse plenamente a la literatura. En 1936 publicó su primer cuento, Death of a Traveling Salesman. La escritora Katherine Anne Porter se fijó en él y se encargó del prefacio en su primer libro de cuentos, Una cortina de follaje (1941). Con su publicación, Eudora Welty se convirtió en una de las más aclamadas escritoras estadounidenses y su consagración como tal llegó con La hija del optimista. La editorial Lumen ha publicado sus Cuentos este año, en el que se conmemora el centenario del nacimiento de la escritora.

Desde la ventana de las escaleras pudo ver que las ramas del manzano silvestre se habían apresurado a verdear, todas salvo una, que estaba todavía cargada de flores. Ya habían quitado del salón las últimas flores del funeral: los tulipanes, que habían estado preciosos hasta que se les cayó el último pétalo. Sobre la chimenea pintada de blanco estaba el reloj: allí resistían, en sus respectivas posiciones alrededor de la esfera, las grullas en su círculo de luna, el mendigo con su linterna, el poeta en su catarata...

Welty, Eudora, La hija del optimista [The Optimist's Daughter], Impedimenta, Madrid, 2009. Prólogo de Félix Romeo, traducción de José C. Vales. Rústica con sobrecubierta, 232 páginas.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La doble vida de Jenny Blair


En una pequeña ciudad del estado de Virginia, dos familias se resisten a abandonar el barrio antaño de clase alta en el que siempre han vivido, cercado ahora por las fábricas. La reciente Guerra de Secesión las ha despojado de sus recursos económicos y se han quedado allí "para contemplar la invasión de la fealdad". Los Birdsong y los Archbald intentan que su vida transcurra de la mejor manera posible en un paisaje sucio, pútrido e impregnado constantemente de un terrible hedor (que casi se palpa y respira durante la lectura de la novela). Jenny Blair Archbald es el hilo conductor de la historia. Casi desde la infancia, Jenny Blair está enamorada del marido de la enfermiza señora Birdsong, la dama más bella de Virginia. Esta relación, prohibida y soterrada, está admirablemente descrita, al igual que la ceguera con la que el resto de los protagonistas asisten al desarrollo de los acontecimientos.
Ellen Glasgow (1873-1945) retrata certeramente la sociedad finisecular americana, sus conflictos, sus tragedias, sus inquietudes con realismo e ironía. Perteneciente ella misma a la aristocracia sureña, no duda en arremeter contra su decadencia y los prejuicios religiosos y sociales que la atenazan. La señora Glasgow se dedicó en exclusiva a la literatura: publicó su primera novela a los 24 años, The Descendant (inédita en español). A ésta siguieron, a lo largo de su vida, otras veinte, varias recopilaciones de poesía, cuentos y ensayos, además de su autobiografía, que se publicó de manera póstuma. Ganó el Premio Pulitzer en 1942, con la novela En esta vida nuestra.
La vida resguardada (1932) sale a luz por primera vez en español al cuidado de Espasa Clásicos, que cuenta ya en su moderno catálogo con magníficas ediciones puestas al día de algunos textos imprescindibles de la literatura universal. Como es habitual, la edición y la traducción de la obra se han cuidado lo necesario para que la lectura se convierta en todo un "placer sureño".

No, ella no había querido enamorarse. Ni siquiera, se repetía con actitud desafiante, había querido nacer. Algo más grande que ella misma la había atrapado con sus garras y se la había llevado. Y a pesar de lo mucho que había luchado por escapar, todavía la acosaba la angustia. Lo había apartado de su mente durante días, se había esforzado por no pensar en él ni siquiera en la oscuridad de la noche, había abordado con fervor las diversiones más triviales. Y luego, sin previo aviso, como el halcón se precipita sobre su presa, volvieron a atraparla la incertidumbre, la tristeza, el deseo frustrado.

Glasgow, Ellen, La vida resguardada [The Sheltered Life], Espasa Calpe, Madrid, 2008. Prólogo de la autora, traducción de Amado Diéguez Rodríguez. Cartoné con sobrecubierta, 344 páginas.

jueves, 29 de octubre de 2009

Los misterios de las montañas románticas


Nórdica Libros publica en su colección Otras Latitudes un volumen titulado Cuentos fantásticos que reúne tres narraciones de Ludwig Tieck: Eckbert el rubio, El monte de las runas y Los elfos. Con el primero, este escritor alemán inauguró una suerte de género literario denominado Novelle, fundamental en la literatura romántica alemana. Se trata de una novela corta que narra un hecho inaudito y un conflicto determina el curso de la historia. Tieck se inspiró en el folclore germano y en los cuentos de hadas tradicionales para escribir estos tres cuentos. Junto a los conceptos románticos por excelencia (lo sublime, lo tétrico y lo emocional), aparece el elemento maravilloso y fantástico como detonante de la tragedia y el drama.
Desconocido e ignorado en estas latitudes, el hispanista Ludwig Tieck (1773-1853) fue uno de los escritores fundamentales del Romanticismo alemán. Amigo desde la infancia de Wilhelm Heinrich Wackenroder, mantuvo una estrecha relación con Novalis, Fichte y Schelling. Dedicó buena parte de su vida a la novela y al teatro, y a trabajos de traducción. Tradujo El Quijote en cuatro volúmenes y también la obra completa de Shakespeare (con August Wilhelm von Schlegel). Se le atribuye la creación de uno de los primeros relatos sobre vampiros del Romanticismo: No despertéis a los muertos (h. 1800). Los últimos años de su vida se consagró al teatro y llegó a ser director del Teatro Real de Berlín.
El libro es el resultado de un trabajo realizado con mimo y cuidado: desde el prólogo de Hermann Hesse y la cubierta (un detalle del magnífico Paisaje de Riesengebirge, del inexcusable pintor romántico Caspar David Friedrich), hasta el característico colofón de Nórdica, que en esta ocasión celebra el aniversario del nacimiento de Lovecraft (como no podía ser de otro modo).

En una ocasión oí a mi anciano guardabosques contar cosas maravillosas de esa montaña que yo, tonto de mí, he olvidado; pero me acuerdo de que aquella noche tuve una sensación de miedo. Me gustaría subir allí arriba alguna vez, pues las luces son allí mucho más bellas, la hierba allí arriba tiene que ser muy verde, el entorno muy peculiar... también puede ser que allá en lo alto se encuentre alguna que otra maravilla de tiempos remotos.

Tieck, Ludwig, Cuentos fantásticos [Der blonde Eckbert, Der Runenberg, Die Elfen], Nórdica Libros, Madrid, 2009. Prólogo de Hermann Hesse, traducción y epílogo de Isabel Hernández. Rústica, 152 páginas.

jueves, 22 de octubre de 2009

Cartas de la mujer recluida


Desafortunadamente, no parece que el género epistolar tenga el hueco que merece en la historia de la literatura, y eso a pesar de que numerosos y magníficos autores hicieron uso de él y sus biografías carecerían de sentido si no se leyera y estudiara detenidamente su correspondencia. De Emily Dickinson se sabe que es una excelsa poeta; con la publicación de sus cartas, Lumen da a conocer la extraordinaria peripecia vital de esta dama.
Desde los primeros años del siglo XIX, la puritana Nueva Inglaterra bullía en creatividad. Durante varias décadas coexistieron en esta región autores de la talla de Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau, Helen Hunt y Emily Dickinson, y junto a ellos, en Nueva York, Herman Melville y Walt Whitman, entre otros.
Emily Dickinson nació en 1830 en la preciosa población de Ahmerst, en Massachusetts, en el seno de una acomodada familia de estrictas creencias protestantes. Estudió en Ahmerst College (que fundaron su padre y su abuelo) y en el seminario para señoritas Mount Holyoke, pero su delicada salud le impidió terminar sus estudios y a los dieciocho años regresó a su pueblo natal. No mejoró con el paso de los años y a los treinta, después de fallecer dos personas muy importantes para ella (el reverendo Charles Wadsworth y su amigo Benjamin Franklin Newton), se recluyó en la casa de sus padres y ya no volvió a salir. Encerrada prácticamente en una habitación, se dedicó a escribir poesía y cartas para manteners en contacto con sus seres más queridos: sus hermanos (Austin y Lavinia), su cuñada Susan y sus amigos. Convencida de su vocación poética, envió algunos poemas a Thomas Higginson, la persona a la que consideraba su preceptor: "¿Está usted demasiado ocupado para decir si mi Verso está vivo?". Por desgracia, el señor Higginson no acertó a comprender la sublime poesía de Emily y le desaconsejó su publicación. Esto provocó que apenas dejara leer sus poemas a nadie, pero no cejó en su empeño y siguió escribiendo. Los últimos años de su vida se vistió solamente de color blanco. Falleció en 1886. Poco después de su muerte, su hermana Lavinia descubrió en la habitación en la que había estado encerrada cuarenta volúmenes encuadernados artesanalmente que atesoraban ochocientos poemas.
La excelente selección, traducción y edición de las cartas de Emily de la mano de Nicole d'Amonville Alegría (responsable asimismo de 71 poemas, también en Lumen, publicado en 2003) ratifican la calidad humana y literaria de una de las mejores poetisas de todos los tiempos, sólo reconocida como tal después de su muerte.

¡Qué peligro es una Carta! Cuando pienso en los Corazones que ha barrenado y hundido, casi temo alzar la Mano hasta una mera Sobrescripción.
¡Qué peligro es un Acento! Cuando pienso en los Corazones que ha barrenado y hundido, apenas oso elevar la voz hasta un mero Saludo.

Dickinson, Emily, Cartas [Selected Letters], Lumen, Barcelona, 2009. Edición, traducción y prólogo de Nicole d'Amonville Alegría. Cartoné con sobrecubierta, 296 páginas.

martes, 13 de octubre de 2009

La dama de la furgoneta: "Visiones auténticas, cosas de importancia"


Miss Shepherd se compró una furgoneta en 1965, "para meter sus cosas". Aunque era de color marrón, cuando se instaló con ella en Gloucester Crescent, la había pintado de color amarillo. Llevaba varios años deambulando por el barrio, vendiendo octavillas que ella misma escribía y lápices, acodada en su furgoneta, cuando pidió ayuda a Alan Bennett: había visto una serpiente y temía que entrara en su vehículo. El señor Bennett acudió en su auxilio, movió la furgoneta de calle y le ofreció una taza de té. Todos los días le ocurría algún incidente a la anciana Miss Shepherd o a su furgoneta, perturbando la tranquilidad que el señor Bennett necesitaba para escribir. En 1974, en vista de los peligros que acechaban a la mujer y a su furgoneta, Alan Bennett le sugirió que podía instalarse en su jardín. Y allí, en medio del jardín del señor Bennett, se acomodó Miss Shepherd en su furgoneta repleta de harapos, cacharros, basura y polvos de talco (para mantener la higiene) hasta que la dama falleció. La dama de la furgoneta narra en forma de diario la extraordinaria relación que establecieron Alan Bennett y la excéntrica Miss Shepherd durante todos esos años y su vida casi en común.
La editorial Anagrama, con sus inconfundibles cubiertas amarillas, que acaban de cumplir cuarenta flamantes años, publica este magnífico y tierno relato de Alan Bennett cuando los lectores aún estaban disfrutando de la maravillosa sorpresa titulada Una lectora nada común, del mismo autor y publicada el año pasado: una obra encantadora en la que la reina Isabel de Inglaterra descubre su afición a la lectura.
Alan Bennett (Leeds, 1934) es un conocidísimo dramaturgo, guionista, actor y escritor inglés. Comenzó su carrera teatral en 1960 en el Festival de Edimburgo y siempre ha combinado sus trabajos en teatro con la radio y la televisión, y en los últimos diez años con la literatura. En el año 2003 recibió el British Book Award por toda su obra y fue calificado como "our national treasure". Publicó La dama de la furgoneta en 1989 y en 2009 presentó en la radio, en la BBC, una nueva versión de esta obra, con la espléndida actriz inglesa Maggie Smith en el papel de Miss Shepherd y Alan Bennett interpretándose a sí mismo.

La caridad en Gloucester Crescent adopta formas refinadas. Los editores de al lado van a publicar una obra clásica y para celebrarlo organizaron anoche una cena romana. Esta mañana han visto a la au pair llamando a la ventanilla de la furgoneta con una bandeja de sobras romanas. Pero no es fácil ayudar a Miss Shepherd. Ayer, pasada la medianoche, la vi subir la calle a zancadas, blandiendo su bastón y diciéndole a alguien que se largara. Luego oí una voz de clase media que se retiraba diciendo quejumbrosamente: "Yo sólo le he preguntado si se encontraba bien".

Bennett, Alan, La dama de la furgoneta [The Lady in the Van], Anagrama, Barcelona, 2009. Traducción de Jaime Zulaika. Rústica, 96 páginas.

martes, 6 de octubre de 2009

Excéntricos ingleses


La escritora inglesa Edith Sitwell fue una de las damas más excéntricas de su época. Nació en 1887 en Scarborough, en la casa solariega de su aristocrática familia. Siempre mantuvo una relación tormentosa con sus padres, no así con sus hermanos, Osbert y Sachaverell, que se dedicaron también a la literatura. El aspecto físico de Edith recordaba vagamente a la reina Isabel I, era muy alta, acostumbraba a vestirse con prendas que, cuando menos, llamaban la atención de sus contemporáneos -trajes de brocado y de terciopelo, turbantes dorados- y se adornaba con numerosas joyas (actualmente expuestas en el Victoria and Albert Museum de Londres). Su carrera literaria se centró sobre todo en la poesía, pero sus versos fueron tan vilipendiados como su aspecto físico, aunque a ella nunca le amedrentaron estos ataques, que devolvió la mayor parte de las veces de manera virulenta. En 1954 fue nombrada Dama de la Orden del Imperio Británico. Falleció diez años después.
Su libro Excéntricos ingleses, publicado en 1933, fue un gran éxito, y con el tiempo se ha convertido en una obra de culto. La galería de personajes que retrata es, sencillamente, disparatada y deliciosa: ermitaños, charlatanes, nobles, vejestorios, curanderos, viajeros. Sir Robert Mackworth, por ejemplo, conducía siempre un faetón con cuatro caballos de diferentes colores y pintaba las ruedas del carruaje de acuerdo con los colores de los equinos; el naturalista Charles Walton se paseaba por sus tierras montado en un cocodrilo; el doctor George Fordyce se alimentó durante veinte años como un león, animal al que admiraba y al que dedicó parte de sus estudios de anatomía comparada.
La editorial Lumen publica por primera vez en español la versión íntegra de esta obra, ilustrada con los dibujos originales de su primera edición inglesa. Se ha elegido para la cubierta el retrato de Edith Sitwell que pintó Roger Eliot Fry en 1915.

Otro clérigo de la misma especie fue el reverendo Trueman, de Daventry. Feliz por la posesión de más de una rectoría, como la de Bilton, donde en otra época vivió Addison, este anciano parsimonioso, cuyos ingresos anuales habían sido de cuatrocientas libras, dejó al morir cincuenta mil. Su cargo de rector le fue de gran ayuda, pues cuando visitaba las granjas a fin de administrar auxilio espiritual podía robar nabos en los campos por los que pasaba camino de su pío cometido. Tras administrar los auxilios, pedía un trozo de tocino para hervirlo con los nabos. Nunca le negaban la humilde dádiva, y si la mujer del granjero volvía un momento la espalda, dejando el tocino al alcance del clérigo, éste sacaba su cortaplumas y robaba una segunda pieza. Cuando las ropas del señor Trueman necesitaban un zurcido, se las arreglaba para que le sorprendiera la noche en una de las granjas más ricas de su parroquia...

Sitwell, Edith, Excéntricos ingleses [English Eccentrics], Lumen, Barcelona, 2009. Traducción de Jordi Fibla. Cartoné con sobrecubierta, 440 páginas.